Señales de un Nuevo Nacimiento
Notas del sermón
Señales de un Nuevo Nacimiento
Texto bíblico: 1 Juan 5:1–3
Bosquejo
I. Creen que Jesús es el Cristo.
II. Aman a Dios y a sus hermanos.
III. Obedecen los mandamientos de Dios.
Resumen del sermón
Juan escribe para dar seguridad a los creyentes en medio de falsas enseñanzas que negaban la identidad de Cristo y minimizaban la importancia de una vida santa. Así como los hijos reflejan el parecido de sus padres, quienes han nacido de Dios muestran evidencias espirituales que revelan su nueva vida.
La primera señal es la fe en Jesucristo. Creer que Jesús es el Cristo significa reconocerlo como el Mesías prometido, el único Salvador, Profeta, Sacerdote y Rey. Esta no es una simple afirmación intelectual, sino una confianza que descansa completamente en Él. Juan enfatiza que esta fe es fruto del nuevo nacimiento: nadie puede creer verdaderamente en Cristo sin haber sido regenerado por Dios.
La segunda señal es el amor a Dios y a los hermanos. Quien ama al Padre también ama a los que han nacido de Él. El cristianismo no puede vivirse de manera aislada, porque Dios salva a un pueblo y no solo a individuos. El amor por la iglesia y por los demás creyentes es una evidencia visible de que hemos nacido de Dios. No se trata de afinidad personal o acuerdo en todos los asuntos secundarios, sino del amor que surge por compartir la misma vida en Cristo.
La tercera señal es la obediencia a los mandamientos de Dios. La obediencia no busca ganar el favor divino, sino que nace como respuesta agradecida al amor recibido en Cristo. Estas tres evidencias —fe, amor y obediencia— permanecen unidas; no pueden separarse sin afectar el testimonio del nuevo nacimiento. Aunque en esta vida nunca serán perfectas, sí estarán presentes y crecerán por la obra del Espíritu Santo.
Finalmente, Juan recuerda que los mandamientos de Dios no son una carga para el creyente. El corazón regenerado encuentra gozo en hacer la voluntad del Padre, aun en medio de la lucha contra el pecado. Cuando fallamos, Cristo sigue siendo nuestro descanso y nuestro refugio. Nuestra seguridad descansa en Su obra perfecta, y esa misma gracia continúa transformándonos para parecernos cada día más a Él.
Preguntas de reflexión
- ¿Descansa mi confianza únicamente en Jesús como el Cristo y único Salvador?
- ¿Mi amor por Dios se refleja en un amor práctico por los hermanos y por la iglesia?
- ¿Obedezco a Dios para ganar su favor o como respuesta agradecida a la gracia que he recibido en Cristo?
- ¿Puedo reconocer estas evidencias del nuevo nacimiento creciendo, aunque imperfectamente, en mi vida?
Cita destacada
“Quienes han nacido de Dios evidencian su nueva vida al creer en Cristo, amar a los hermanos y obedecer a Dios por amor.”
Transcripción
Leer la transcripción
Padre bueno, una vez más venimos delante de ti en el nombre de tu hijo, reconociendo que nada tenemos que ofrecer, que lo único que hemos aportado para tu salvación es nuestro pecado, y queremos una vez más darte gracias por Jesús, que nos libra de la ira venidera. Señor, vos sos tan misericordioso y compasivo de nosotros. Te pedimos que nos hables una vez más a través de tu palabra y que hables como solo vos podés hacer, en medio de tu espíritu, aplicar la palabra a los corazones conforme a la necesidad de cada uno, Señor. Te pedimos, Señor, que muestres tu bondad una vez más con nosotros. En el nombre de Cristo oramos.
Amén. Les invito a abrir sus Biblias en primera de Juan, capítulo 5. Esta mañana vamos a estar mirando los primeros tres versículos de este capítulo. Leímos la lectura pública en el capítulo 4 como para tener un poco de contexto. Y ahora vamos a leer los primeros tres versículos del capítulo 5 y ese va a ser nuestro pasaje en esta mañana. Primera de Juan, capítulo 5. Se arranca por el final, llega más rápido. Porque viene Apocalipsis y antes está Juan. Primero de Juan, capítulo 5. ¿Estamos ahí? Bien. Dice así la palabra del Señor. Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo es nacido de Dios. Todo aquel que ama al Padre ama al que ha nacido de él.
En esto sabemos que amamos a los hijos de Dios. Cuando amamos a Dios y guardamos sus mandamientos. Porque este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos y sus mandamientos no son difíciles. Vamos a leer hasta ahí versículo 3. Cuando alguien tiene hijos recién nacidos, comienza una sana competencia entre los padres y, sobre todo, entre los familiares y amigos, es encontrarle los parecidos. Tiene los ojos de la madre, tiene la boca del padre, y luego llega otro y lo examina y dice, no, no, tiene los ojos de la madre y así sucesivamente. Y uno empieza a pensar, yo siempre digo que es como un mix, es meter toda la licuadora y lo que sale ahí es tu hijo.
Porque no es que exactamente es igual en todo. La realidad es que por diseño, los hijos se parecen a quién? A sus padres. Es una realidad. Tenemos rasgos distintivos que los hacen ser como ellos. En ocasiones hemos escuchado a alguien que dice algo como, es increíble lo parecido que sos a tu padre cuando él tenía tu edad. A mí me lo decían siempre. No, cuando tu padre tenía tu edad era igual a vos. Y hay señales evidentes que demuestran que somos sus hijos, para bien o para mal. A veces heredamos cosas que uno desearía no haber heredado. Pero no las podemos evitar, no las podemos evitar porque por diseño son parte de nuestro ADN, parte de nuestra genética, parte de nuestra esencia, parte de nuestro origen y los vamos a llevar toda nuestra vida.
Los que han nacido de Dios también tienen marcas de nacimiento. Señales que son evidentes de que son hijos de Dios. No son marcas físicas, como uno puede decir una nariz o una boca que se parece, sino que son marcas más profundas. Son marcas relacionadas con la verdad, el amor, la justicia, la pureza, la santidad. Y lo que uno ve a lo largo de toda la carta de Juan, y por supuesto estamos en el último capítulo, en este sermón, es que Dios tiene un propósito con esta carta y es que podamos saber que tenemos vida eterna. Que podamos tener certeza de que somos sus hijos, que podamos tener confianza y seguridad de que somos de Dios.
Y tiene un propósito doble o triple, si se quiere, porque si nosotros miramos el contexto de la carta, hay falsos maestros que habían dejado sus enseñanzas por muchas iglesias a las cuales Juan les está escribiendo. Enseñanzas que negaban aspectos fundamentales del cristianismo y la vida cristiana. Negaban la realidad de que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Negaban la necesidad de vivir una vida santa y pura. Negaban la necesidad de la obediencia a los mandamientos de Dios. Y por lo tanto, no amaban a los hermanos, vivían de una manera inmoral. Sostenían que la salvación era una obra individual a la cual se llegaba a través de un conocimiento o iluminación interno por el cual conocían a Dios.
Juan está buscando que los creyentes puedan conocer que son hijos de Dios por las señales evidentes que los que han nacido de Dios posee. Pero también se podía uno darse cuenta de que estos falsos maestros no habían nacido de Dios porque estas señales no eran evidentes tampoco en ellos. Por lo tanto, tenía un propósito doble. En nuestro texto en esta mañana vamos a ver que hay tres señales evidentes que se enfatizan a lo largo de toda la carta de Juan. De aquellos que han nacido de Dios. El punto es que al verla podamos examinarnos a nosotros mismos a la luz de estas señales para que podamos tener seguridad de que hemos nacido de Dios, de que somos hijos suyos, de que nos parecemos a nuestro padre.
Pero a la vez que algunos de los que están escuchando este mensaje quizás se den cuenta a lo largo de este sermón que no tienen esas señales evidentes de un hijo o una hija de Dios. Que más allá de guardar aspectos externos de obediencia como congregar, leer la Biblia, orar, tratar de mantener una buena conducta, no meterse en pecados graves. Más allá de una obediencia religiosa externa, quizás pueden ver que no hay una vida real en ellos. Que no han conocido a Dios, que no han creído verdaderamente en el Cristo, que carecen de fruto porque carecen de raíz. Porque no han sido nunca unidos a la vida verdadera y lo peor que puede existir es alguien que está cerca pero no dentro.
George Whitefield decía que no hay nada peor que el casi cristiano. Se pasean por los muros del reino de Dios, no están ni lejos ni cerca, sino que lo suficientemente cerca para poder creerse justos, pero aún fuera de las murallas del reino, sin ningún tipo de identificación celestial, sin poseer la ciudadanía de los cielos, aunque afirmen ser de ahí. Son desconocidos ante el trono de Dios y de Cristo. Y es mi anhelo que a la luz del mensaje, si ese es tu caso, puedas arrepentirte y venir a Cristo para tener vida. ¿Cuáles son estas tres señales que vamos a ver en el texto? Va a ser nuestro bosquejo.
Primero, creer que Jesús es el Cristo, que es la marca doctrinal. Lo segundo, amar a Dios y a sus hermanos, que es la marca del amor. Y tercero, obedecer los mandamientos de Dios, que es la marca de la obediencia. Fe, amor, obediencia. Comenzamos entonces por el primero. Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios. Es importante entender lo que significa esta afirmación sobre la persona de Jesús. No estamos diciendo que la persona debe creer que Jesús existió, como si eso fuera suficiente. Ni tampoco afirmar que Jesús es una persona importante en el cristianismo. Es afirmar que Jesús es el Cristo.
Es tener la convicción, tanto en la mente como en el corazón, de que Jesús es el Cristo. O lo que es lo mismo, que Jesús es el Mesías, el ungido de Dios, el escogido de Dios. Eso significa Cristo. Mesías, ungido, escogido. Y uno pudiera preguntarse, escogido y ungido, ¿para qué? Bueno, básicamente para ser el salvador del mundo. Había tres oficios en el Antiguo Testamento que recibían una unción especial para servir a Dios. El oficio del sacerdote, el oficio del profeta y el oficio del rey. Y cada uno de esos oficios señalaba a un representante particular y único que vendría en el futuro para el pueblo de Dios.
Primero, un sacerdote especial que intercedería por el pueblo ante Dios perpetuamente. Hoy leímos en el tiempo de oración, Hebreos capítulo 9, acerca del sacrificio definitivo de Cristo. Y la Escritura también dice, El Señor ha jurado y no se retractará. Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec. En Salmos 110, verso 4. Y en Hebreos 5 dice lo siguiente, Y habiendo sido hecho perfecto, vino a ser fuente de eterna salvación para todos los que le obedecen, siendo constituido por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec. Entonces, en esos oficios del Antiguo Testamento que eran ungidos como el sumo sacerdote, Jesucristo viene a ser el último y más grande sumo sacerdote para ofrecer sacrificio por el pueblo de Dios.
Pero también viene a ser el último y más grande profeta que hablaría de parte de Dios al pueblo de Dios. En Deuteronomio 18, Moisés dice, Un profeta de en medio de ti y de tus hermanos, como yo, te levantará el Señor tu Dios y a él oirás. Y recuerdan las palabras del Padre en el monte de la transfiguración, diciendo, Él es mi Hijo amado, a él oír. Jesús es el mayor y más grande profeta, Pero también el mayor y más grande rey, que era el tercer oficio ungido para el pueblo de Dios. Un rey que gobernaría al pueblo de Dios para siempre. Y eso lo pudimos ver en el pacto davídico en 2 Samuel 7. Dice lo siguiente, Jesús es el Hijo de David, aquel que va a tener el trono para la eternidad.
Entonces no es suficiente con decir, Si yo creo que Jesús fue un buen maestro que enseñó acerca de Dios, O como el Islam, Jesús fue un profeta, O como espiritistas que dicen, No, Jesús fue un iluminado que nos acercó el camino a Dios y nada más. No, Jesús es el camino, la verdad y la vida. Jesús es aquel que viene a cumplir en una sola persona los tres oficios ungidos del Antiguo Testamento. Él es el más grande y mejor sacerdote, profeta y rey para el pueblo de Dios. Este era el que el pueblo de Dios esperaba, El Mesías que completaría en una sola persona los tres oficios más importantes. Cuando reconocemos y afirmamos que Jesús es el Cristo, Estamos diciendo que Jesús en última instancia es el mayor sacerdote, profeta y rey, Aquel a quien Dios ha escogido para gobernar el reino de Dios.
Y reconocer que Jesús es el Cristo es también reconocer la misión de este Cristo. Nosotros podemos recordar en los evangelios cuando el apóstol Pedro le es revelado por el Padre que Jesús era el Cristo. Pero luego le dice sí, Jesús le dice sí, Y el hijo del hombre debe padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, los principales sacerdotes, Escriba, ser muerto y resucitar al tercer día. Y ahí ya a Pedro no le gustaba mucho esa idea del Cristo. Y dice que lo toma aparte para reprenderle en privado, Y Jesús le dice algo que ninguno de nosotros quisiéramos escuchar, Apártete de mí, Satanás. ¿Por qué?
Porque si bien aceptaba que era el Cristo, todavía no entendía cuál era la misión del Cristo. Que era morir antes de la gloria. Era entregarse en pos de su pueblo, como Isaías 53 menciona el siervo sufriente, antes de ser exaltado. Jesús dice en Mateo 26.2 Sabéis que dentro de dos días se celebra la Pascua y el hijo del hombre será entregado para ser crucificado. Hace poco tuvimos una clase sobre Daniel en el SSBP y hablábamos de lo que significaba el hijo del hombre a quien se le entrega la gloria, el reino, el poder, todo. Y ahora Jesús dice el hijo del hombre será entregado para ser crucificado.
Si nos perdemos todo el panorama de lo que el Antiguo Testamento habla acerca del Mesías, entonces claro, se nos hacen los cortocircuitos en la mente. El Cristo, el mayor rey, profeta y sacerdote, el hijo del hombre al cual se le da todo el dominio, era a la vez el Cordero de Dios. El sacrificio único y aceptable por el pecado de los hombres. Y es a través del sacrificio de Jesús que los hombres pueden ser libertados de la esclavitud, del pecado, del dominio de las tinieblas y ser trasladados a un nuevo reino, al reino de Cristo. Esto es imposible si no fuera por la obra de Cristo en su vida, muerte y resurrección.
Es solo a través del nuevo nacimiento que se produce por el poder del Espíritu de Dios, al darnos vida cuando estábamos muertos, que podemos ver con claridad la persona de Jesús, no como un mero hombre, sino como el Cristo de Dios. Jesús es el rey, Jesús es nuestro hermano mayor, pero también merece nuestra reverencia, amor, temor y obediencia. Es nuestro hermano mayor, pero también es nuestro rey. Y debemos vivir con esa reverencia. Por lo tanto, todo aquel que cree que Jesús es el Cristo es nacido de Dios. Y podemos decir que nadie puede creer verdaderamente en Jesús como el Cristo, descansando en Él para salvación sin haber nacido de Dios.
Nadie puede creer verdaderamente en Jesús como el Cristo, descansando en Jesús para la salvación de su alma sin haber nacido de Dios. Yo puedo creer muchas cosas como ciertas acerca de Jesús, pero hasta que no descanso solamente en Él para mi salvación, entonces no puedo haber nacido de nuevo. Y ese descansar en Jesús para mi salvación es una obra del Espíritu de Dios en un corazón que estaba muerto y que ahora está vivo, que estaba ciego y que ahora ve. El énfasis del pasaje no está en el acto de creer, sino en ser nacido de Dios. Es decir, por haber nacido de Dios es que creemos que Jesús es el Cristo.
Eso no puede ser una convicción de un corazón que todavía no ha sido regenerado. Jamás el corazón que está muerto y es enemigo de Dios y ciego al mundo espiritual puede afirmar la realidad de que Jesús es el Cristo. Nadie que afirma otra cosa sobre Jesús puede ser catalogado como cristiano ni que ha nacido de Dios. Debemos creer la verdad bíblica sobre Jesús, sobre el Cristo. Esa es la primera señal evidente de que alguien ha nacido de nuevo es que cree en el Jesús de las Escrituras, cree que Jesús es el Cristo. Tiene su confianza de su salvación descansando en una persona única y especial en Jesús, reconociendo que sólo es Él quien puede salvarle y que no hay otra manera de ser justificado delante de Dios.
Algo precioso que uno puede ver en nuevos creyentes o conversando con nuevos creyentes es que para ellos la Biblia es como un universo nuevo que no entienden ni por dónde empezar pero que pueden hacer la primera confesión de fe con toda seguridad. Jesús me salvó, Jesús en mi justicia, Jesús murió por mis pecados. Sí, hay un montón de cosas que aprender, pero eso fundacional y fundamental es la obra de Dios en el corazón de esa persona. Carlos Spurgeon dice lo siguiente, la fe que se pretende en el texto evidentemente descansa en una persona, en Jesús. El que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios.
No se trata de una creencia sobre una doctrina, ni una opinión, ni una fórmula, sino de una creencia sobre una persona. Traduzca las palabras, el que cree que Jesús es el Cristo y se mantiene así. Sí, el que cree que el Salvador es el ungido es nacido de Dios. Fin de la cita. Clarísimo, clarísimo. El que cree, todo aquel que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios. Segundo, aman a Dios y a sus hermanos. Y dice, todo aquel que ama al Padre ama al que ha nacido de él. Se entiende, por consiguiente, que todo el que ama a un Padre ama a los que son hijos suyos. En un aspecto general, nosotros entendemos que debe ser así.
El amor que se expresa por un Padre se trasladará a sus hijos. No podemos divorciar el amor del Padre por el amor de sus hijos. Si hemos nacido de Dios, entonces quiere decir que no solamente amaremos a Dios, sino a todo aquel que ha nacido de él. Que no solo porta su imagen, sino que también porta su mismo espíritu. Por lo tanto, podemos decir que no podemos amar a Dios solamente y no querer tener relación con sus hijos. No podemos amar a Dios solamente y no querer tener relación con sus hijos. La Señora María, nombre hipotético, la Señora María es religiosa. Afirma que cree en Dios y que ella siempre presenta sus peticiones a Él.
Ella no asiste a ninguna iglesia porque según ella no lo necesita. Solo necesita a Dios y a su fe en Él para salir adelante cada día. La Señora María dice, no me gustan las personas que van a la iglesia. Déjenme a mí tranquila en mi casa con mi Dios. La pregunta sería si la Señora María muestra una evidencia de que realmente ama a Dios, conforme a nuestro texto. Bueno, lo que podemos decir es que es bastante cuestionable. Es bastante cuestionable. El amor a Dios Padre se traslada y se evidencia en el amor a los hijos de Dios. Dios es el Padre de una gran familia de hijos e hijas con los cuales tiene una relación tanto individual como colectiva.
Ellos son el pueblo de Dios. Lo que la Señora María expresa es algo que muchas personas creen hoy en día. Que existe un individualismo religioso que me permite amar a Dios en mi casa sin comprometerme con ninguna iglesia local. Y la iglesia local es la asamblea de creyentes que se reúne en torno a la predicación de la palabra, en torno a las ordenanzas, en torno al Señorío de Cristo, que se comprometen unos a otros a seguir a Cristo bajo la guía de un liderazgo bíblicamente establecido y buscan obedecer juntos al Señor y seguir juntos a Jesús. Es una señal evidente de que amamos al Padre al amar a todos los que han nacido de él.
Y esto es importante, sin importar si están de acuerdo conmigo en doctrinas secundarias, sin importar si están en la misma denominación. Si son verdaderos creyentes, entonces son nacidos de Dios y de vos malos. Eso es muy importante. Los únicos hijos de Dios no son los miembros de esta iglesia local. Los únicos hijos de Dios no son aquellos que congregan en esta iglesia o aquellos que afirman lo mismo que esta iglesia sobre la forma de gobierno o sobre los dones. Aquel que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios. Un cristiano que no quiere ser parte de una iglesia local sin una razón de peso está en desobediencia abierta contra Dios.
Y cuando me refiero a una razón de peso, hablo, por ejemplo, de que esa iglesia ha abandonado el evangelio bíblico, que no enseña la palabra de Dios, o que el liderazgo de la iglesia sea corrompido y no está bíblicamente establecido, o no cumple los requisitos bíblicos. Pero si por cualquier conflicto ya no me quiero relacionar con otros cristianos y creo que Dios va a aceptar que yo viva solo mi relación con Él, estoy muy equivocado. Eso es lo contrario a lo que Dios ha establecido y de ninguna manera Dios se va a complacer de ese estilo de vida. Dios tiene un pueblo, una familia, y ha determinado que sus hijos se relacionen entre sí.
¿Cómo puedo saber entonces que estoy amando a los que han nacido de Dios? ¿Cómo puedo saber que amo a mis hermanos y hermanas? Bueno, no podemos nosotros definir cómo amar a otros. La palabra dice si estoy amando a Dios y guardando sus mandamientos. Y ese es nuestro tercer punto, obedecen los mandamientos de Dios. En esto sabemos que amamos a los hijos de Dios. Cuando amamos a Dios y guardamos sus mandamientos, dice Juan, porque este es el amor de Dios que guardemos sus mandamientos y sus mandamientos no son gravosos. Es precioso que Dios no nos deja escaparnos por ninguna rama. Dios ha establecido que estas señales sean la evidencia de que hemos nacido de Él y son como tres patas de una banqueta.
Si quitamos una de ellas, las demás se vienen abajo, se retroalimentan entre sí. Debes creer que Jesús es el Cristo, debes amar a Dios y a tus hermanos y debes mostrar el amor a Dios en base a tu obediencia. No se puede hacer una sola, no se puede hacer dos, se tienen que hacer todas. Estas señales deben estar presentes en la vida de todo creyente. Son fruto, son evidencias, son marcas de nacimiento, como dijimos al principio. No son cosas que yo debo hacer para nacer. No, no, no, no, no. Son las marcas de que hay vida en mí. Quizás pueden ser pequeñas, quizás pueden estar en un aspecto inmaduro.
Sí, pero están ahí. Son reales. Poco a poco irán creciendo. No hablamos de madurez, no hablamos de perfección, simplemente de una evidencia real. Pudiéramos hacer la comparación con la vida cotidiana. Los niños se parecen de una manera a sus padres, pero a medida que crecen quizás se van pareciendo más todavía. Lo importante es que estas señales estén ahí, en algún tipo de nivel real. El señor Manuel, otro caso hipotético, asiste a una iglesia cada domingo, es fiel en asistir, nunca falta. Manuel no se involucra en nada que tenga que ver con asumir un compromiso con el resto de las personas de la iglesia, pero él asiste cada domingo, canta, escucha el sermón y se vuelve a su casa rápido.
Y cuando le preguntan a Manuel sobre su relación con los demás hermanos, él dice que los ama y que ora por ellos, pero que no tiene tiempo por su trabajo y estudios de involucrarse en la vida de otros, que él ya tiene demasiado con su propia vida y que no quiere molestar a nadie. Nuevamente, ¿qué podemos pensar sobre el amor de Manuel por Dios y sus hermanos? Juan nos dice que podemos saber si amamos a los hijos de Dios cuando estamos amando a Dios a través de nuestra obediencia. Dios nos manda amar a nuestros hermanos de manera muy concretas y prácticas. Lo vemos en la Escritura, primera de Juan, capítulo 3, capítulo 4.
Es simple, si amamos a Dios y guardamos sus mandamientos, eso resultará en que nos enfoquemos en amar a nuestros hermanos. Uno lleva al otro. Uno lleva al otro, indefinidamente. El amor a Dios me lleva a obedecerle. Obedecerle me lleva a amar a mis hermanos. Amar a mis hermanos es obediencia de mi amor por Dios. Y repite, es un ciclo. Hay diferentes etapas de vida, hay circunstancias que hacen que haya limitaciones reales en nuestra disponibilidad en la iglesia o en la vida de los hermanos, pero la disposición del corazón debe ser real. Tiene que haber un deseo. Si Manuel realmente ama a los hermanos, va a tener un deseo de obedecer a Dios, de involucrarse en la vida de la iglesia, de ponerse a disposición para servir, de buscar ser discipulado y hacer discípulos y todo lo demás que Dios nos manda en su palabra como creyentes miembros de una familia de fe.
Quizá no lo puede hacer con la disponibilidad que quisiera, pero tiene el anhelo y el deseo de hacerlo. Eso es un resultado de haber nacido de Dios. Y noten bien que el enfoque que estoy dando no es cuánto puede hacer Manuel. Porque al inicio mencionamos que se puede congregar, se puede leer la Biblia, se puede orar sin tener vida adentro, sin haber nacido de nuevo. Y lo mismo vale acá. Se puede servir mucho y no hacerlo por amor a los hermanos o por amor a Dios. La pregunta tiene que ser qué es lo que mueve a Manuel a amar, a servir a los hermanos, a obedecer la palabra. Manuel no dice quisiera y no puedo, dice no quiero molestar a nadie.
Richard Sibbes, un puritano, dice lo siguiente, y cito, es el amor en nuestros deberes es lo que Dios considera más que los deberes en sí mismos. Es el amor en nuestros deberes lo que Dios considera más que los deberes en sí mismo. porque el hecho de hacer algo, eso se puede hacer de manera religiosa y fría, o se puede hacer con un amor verdadero hacia Dios y hacia su pueblo. Entonces, a Dios no le interesa tanto todo lo que podemos hacer en cantidad, sino si nuestro corazón realmente está involucrado en amarle, y si eso es un fruto de nuestro amor por él y por nuestros hermanos. Las palabras de Manuel podrían revelar no solo una agenda apretada, sino un corazón que todavía no valora suficiente la comunión con los hermanos.
Y ahí está la diferencia que mencionábamos entre una obediencia externa y un fruto real donde sí hay amor. Sobre el amar a los hermanos como una evidencia de la salvación, Spurgeon dijo lo siguiente, Eso puede parecer una evidencia muy pequeña, pero puedo asegurarle que a menudo ha sido un gran consuelo para mi alma. Sé que amo a los hermanos. Puedo decir a mi señor, ¿hay algún cordero en tu rebaño que no quiera alimentar? Con gusto animaría y consolaría al menor de su pueblo. Bueno, entonces, si amo a los hermanos, amo al hermano mayor. Si amo a los hijos, amo al padre, y sé que he pasado de la muerte a vida.
Fin de la cita. Fíjense cómo el punto tiene que ver finalmente con el corazón. ¿Qué amamos? ¿Qué hay dentro de nuestro corazón? ¿Qué ocurre en nuestro corazón? Porque lo que hace Dios al salvarnos en el nuevo pacto es transformar nuestro corazón. Quitar el corazón de piedra, poner un corazón de carne, poner en él sus palabras, poner en él su espíritu y hacer que no nos apartemos de su camino. Jesús mismo dijo, si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Como un fruto, como un resultado del amor por Dios. La obra que Dios ha hecho en nuestros corazones es tal que ha de manifestarse por los frutos.
Y si esos frutos no están en la vida de una persona, por más religiosa que sea, entonces no podemos afirmar que Dios ha hecho una obra en su corazón. ¿Por qué el sarmiento da uvas? Porque está unido a la vid. No nos encontramos sarmientos o pámpanos tirados en el suelo, dando uvas, fructificando, creciendo. No, no. Si está unido a la vid, entonces dará fruto. No da fruto para que se le una a la vid. Da fruto porque está unido a la vid. Nosotros amamos porque Dios nos ha amado primero. La obediencia no es lo que produce el amor de Dios hacia nosotros. Es el contrario. El amor infinito de Dios produce en nosotros tal respuesta que obedecemos con gozo inefable y lleno de gloria.
Los fariseos tenían muchas obras externas de religiosidad, pero carecían del fruto de alguien que temía a Dios de corazón. Era pura superficialidad. Y no nos alcanzaría el tiempo para mostrar todos los ejemplos que los evangelios mencionan. Como el día en que Jesús sana a alguien en sábado y el jefe de la sinagoga le dice hay otros días que pueden venir para ser sanados. ¿Por qué lo hacen un sábado? No tenía compasión, no tenía misericordia. Era pura superficialidad. Es como poner una rosa de plástico plantada en el jardín. Tiene el aspecto, pero no tiene la vida. Y en todos lados podemos encontrar rosas de plástico.
Y quiera Dios que puedan ver su necesidad de arrepentimiento y fe para verdaderamente dar fruto genuino. Vuelvo a citar Spurgeon, porque siempre es bueno citar a Spurgeon. Una mera obediencia externa, un reconocimiento formal, decente de las leyes de Dios, no es obediencia a los ojos de Dios. Él aborrece el sacrificio donde el corazón no se encuentra. Debo obedecer porque amo, o de lo contrario, no he obedecido en absoluto, en espíritu y en verdad. Vean entonces que para producir los frutos indispensables de la fe salvadora debe haber amor a Dios. Sin él serían irreales y de hecho imposibles. Fin de la cita.
Maravilloso. Si realmente quiero obedecer a Dios, eso tiene que ser un resultado de su amor por mí. Tiene que ser un fruto de mi amor por él, obedecerle. Dios no se complace en la mera obediencia externa, cuando el corazón no está involucrado. ¿Cómo es nuestra obediencia? ¿Cómo es tu obediencia? ¿Por qué obedeces a Dios? ¿Lo haces para ganar el amor de Dios? ¿Lo haces para obtener la bendición de Dios? ¿Cuántas veces como pastor he escuchado? No, tengo que hacer esto, tengo que hacer esto, y tengo que hacer esto para que entonces Dios me bendiga en esto. No sé de dónde lo sacó, pero de la Biblia es medio raro.
El amor de Dios y la bendición de Dios jamás se pueden ganar o merecer por nuestra obediencia. Solo se reciben como regalos de la gracia de Dios por medio de la fe en su Hijo. Cuando uno recibe esa gracia transformadora de tener un encuentro verdadero con Jesús, entonces eso es lo que produce obediencia a sus mandamientos. ¿Qué cambió la vida de Saulo de Tarso? Un encuentro con Jesús. Entender que Jesús es el Cristo. ¿Y qué produjo eso en Pablo? Que a los que antes perseguía, ahora da su vida para edificarlos, para amarles. Tenemos un claro ejemplo de lo que Juan está mencionando acá. Hermanos, no miramos estas marcas para encontrar perfección, sino vida.
Nuestra seguridad descansa siempre primero en Cristo y en sus promesas. Pero al mismo tiempo, la obra de Cristo produce frutos reconocibles en quienes le pertenecen. Descansamos en su obra para nuestra salvación. Pero esa obra en nuestra vida dará frutos, dará evidencias. Y un aspecto que Juan menciona sobre los mandamientos de Dios es que no son gravosos, Es decir, no son una carga pesada para el creyente. Los mandamientos de Dios para alguien que ha nacido de nuevo son dulces como la miel que destila del panal y más preciosos que el oro fino. El dolor del creyente verdadero no son los mandamientos de Dios.
El dolor del creyente verdadero es su pecado que mora en él y que le impide obedecer y complacer a su padre en todo. Ese es el dolor en el creyente. El anhelo del corazón que ha probado y gustado cuán bueno es Dios es derramar su vida en una completa entrega y obediencia. Es poder hacer todo lo que esté a su mano para agradar a aquel que lo amó y lo rescató de la muerte. Aquel cuya voluntad es buena, agradable y perfecta. Como dice el salmista, el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado. Tu ley está en medio de mi corazón. Esa es la obra del Espíritu de Dios en nosotros. Y si realmente anhelamos amar al Padre y si realmente anhelamos amar a nuestros hermanos, nos damos cuenta que el pecado es nuestro mayor obstáculo.
Hay una preciosa promesa de Jesús para todos los que están cargados y trabajados. Él dice, venid a mí todos los que estéis cargados y trabajados y yo los haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas porque mi yugo es fácil y ligera mi carga. Los mandamientos de Dios no son gravosos. Porque si estamos en Cristo, Cristo no nos ha llamado a Él para llevar yugos pesados y difíciles. Él nos llama hacia Él para hallar descanso para nuestra alma. Un yugo fácil, una carga ligera. Porque la mayor carga, Cristo la cargó en la cruz por nosotros y la hizo desaparecer.
Por eso mencionamos una vez más que el creyente no obedece para conseguir la aceptación delante de Dios. En Cristo ya ha sido justificado, ya ha sido librado de la condenación de la ley. Ahora obedece como hijo amado. Y esa obediencia, aunque imperfecta, ofrecida por medio de Cristo, agrada verdaderamente el corazón del Padre y por eso hay reposo y descanso en Jesús. Aunque mi obediencia no sea perfecta, puede ser una obediencia real por medio de Cristo. Los mandamientos no son gravosos. No porque obedecer nunca cueste, sino porque el corazón nuevo reconoce la voluntad de Dios como buena. El pecado hace que obedecer a Dios a veces sea muy difícil.
Por nuestro propio pecado. Y muchas veces flaqueamos y fallamos y hacemos lo que no queremos, como decía Pablo, y eso nos carga y nos agobia. Y como escuchamos recién, ¿estás cargado y cansado? ¿Cómo fue tu semana? Mi semana no fue muy fácil, que digamos. ¿Estás cargado y cansado? Cristiano, ven a Cristo una vez más. Ven al trono de la gracia que está abierto para vos. Donde tu amado Salvador te espera una vez más y todas las veces que necesites para aliviar tu carga y tu corazón, para darte descanso y recordarte cuánto te ama. ¿Y si es un pecado que te está cargando? ¿Cuál es el problema? Confiésalo.
Arrepiéntete. Y ven a él. Leímos hoy, el perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor involucra castigo. El castigo por nuestros pecados ya fue cargado por Cristo en la cruz. Ahora, si el pecado nos agobia, podemos ir con completa libertad y confianza a aquel que murió por nosotros, confesando nuestro pecado, y él es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad. Aquellos que han nacido de Dios tendrán marcas de nacimiento, creerán que Jesús es el Cristo, amarán a Dios y a sus hermanos, obedecerán sus mandamientos, y aunque esas marcas no serán perfectas, estarán presentes, serán reales y crecerán en sus vidas, porque son parte de ese ADN espiritual que Dios ha puesto en sus hijos.
Y por medio de su espíritu, Dios nos está transformando para que cada día nos parezcamos más a nuestro hermano mayor, a Jesucristo. ¡Qué precioso! Hermano, Dios te está transformando. Si sos suyo, Dios te está transformando. Y Dios está mirando el modelo perfecto, y mirando ese bloque de mármol que somos nosotros, y está con el martillo y el cincel, y mira y talla, y mira y talla. Y a veces eso duele. Pero el Señor es bueno. ¿Qué te aflige hoy? ¿Cuál es tu mar de aflicción como cantábamos? El Señor es bueno. El Señor está usando eso en tu vida para hacerte más conforme a la imagen de su Hijo. Podemos descansar.
Podemos ir a Jesús. Hermanos, que su gracia nos siga sosteniendo y transformando, hasta que la imagen de Cristo sea formada plenamente en nosotros. Vamos a orar. Señor, ¿qué sería de nosotros si no fuera por tu gracia, Señor? Señor, que es maravilloso recordar y ser animados por tu palabra, y poder examinar nuestras propias vidas y ver esos destellos, esa obra, ese fruto de lo que estás haciendo en nosotros. Y también ser recordado, Señor, que no has acabado la obra, que seguís transformándonos, que aquel que comenzó la buena obra la perfeccionará hasta el día de su venida. Pero también, como vimos en el sermón, Señor, el pecado es aquello que nos agobia, que nos lastima, que te entristece.
Oramos, Señor, para que traigas convicción de corazón, de pecado, y que podamos ver en Jesús un compasivo Salvador que cada día está dispuesto a aliviar nuestra carga, a perdonarnos, porque Él puso su vida para quitar nuestros pecados para siempre. Como dice tu palabra, hijitos míos, no pequéis, pero si alguno peca, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo, el justo. Qué maravilloso, Señor. Tenemos un abogado celestial que cada momento puede apuntar a su justicia perfecta, a nuestro favor. Que cada momento puede mostrar su sangre como la propiciación de nuestros pecados. Gracias por Jesús, Señor.
Ayúdanos a confiar en Él. Ayúdanos a alejarnos del pecado, a hacer morir el pecado por el Espíritu en nuestras vidas. Y poder obedecerte porque te amamos. Y te amamos porque nos amaste primero. En el nombre de Jesús oramos. Amén y Amén.
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Sermones Individuales
Enrique Oriolo es misionero de SERVE (Denton Bible Church) y pastor fundador de la Iglesia Bíblica de la Gracia. Dedicado al entrenamiento de líderes y plantadores, su pasión es la capacitación teológica para el establecimiento de iglesias bíblicas. Está casado con Tamara y son padres de Luz, Paz, Sarah y Sophie.