Siguiendo el llamado de Jesús como discípulos
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Señor, bueno, te damos muchas gracias por tu bondad. Te damos gracias por poder estar esta tarde en este lugar a esta hora. Señor, no importa el calor que hiciera, te damos gracias por poder estar juntos. Señor, qué privilegio, qué regalo el poder tener vida y tener salud para haber llegado a este lugar, Señor. Cuánta gratitud tenemos que tener en nuestros corazones por ese simple hecho, que no es para nada simple, Señor. Y queremos pedirte que bendigas tu palabra, que hables en nuestros corazones, que me ayudes a ser claro y sencillo y que podamos ser animados por tu verdad, confrontados y consolados.
En el nombre de Jesús, Amén y Amén. Y ya escuchaste esta frase en alguna película, en alguna serie. Persigue tus sueños. Algunos hicieron como caras bus, muchas veces. Y la realidad es que nuestra cultura nos bombardea con mensajes de autosuperación, concentrados en uno mismo constantemente. Desde que soy padre hace unos 11 años ya, y padre de niñas, casi que me conozco todas las películas de Pixar, a vidas y por haber, y de Disney. Y una constante es esta idea de que en cada película nosotros vemos a los protagonistas elegir su propio destino. Un destino conforme a como su corazón los guíe, solamente deben confiar en sí mismos y poner todo su esfuerzo en su meta de lograr cualquier cosa que se proponga.
A pesar de la oposición y los obstáculos, si persigues tus sueños, aunque los demás no te apoyen, los lograrás. Casi que pudieras crear cualquier película usando esa línea y cambiando los personajes y la historia. Este tipo de mensaje nos invita a centrarnos en nosotros mismos de una manera individual y egoísta. Le resta importancia a la idea de una identidad de comunidad y vivir para el bienestar de otros que no sean nosotros mismos. Pareciera que lo único que importa es uno mismo y sus sueños, no importa donde eso lo pueda guiar. Pero la realidad es que, aunque uno puede parecer emotivo y entretenerse con esas películas, la realidad es que no vivimos en una película animada de Pixar.
El vivir para uno mismo y solo perseguir nuestros propios deseos no lleva nunca a un camino de satisfacción y plenitud verdadera. Eso puede funcionar en alguna película animada, pero en la vida real perseguir los propios deseos y vivir para uno mismo jamás nos llena de gratificación duradera. La persona que ha tocado la cima y que ha concretado lo que se ha propuesto sabe que esa plenitud y esa sensación de logro y plenitud se esfuma rápidamente. Un actor muy conocido por todos nosotros, Jim Carrey, dijo lo siguiente, ojalá todos puedan volverse ricos y famosos para que se den cuenta que esa no es la respuesta.
Si tan solo pudiera tener todo lo que he soñado, entonces estaría pleno y perfecto y completo. Las escrituras nos muestran que la fe cristiana es contracultural la mayoría del tiempo. El cristianismo nos enseña que el gozo verdadero, el gozo que perdura, el gozo que llena el alma y el corazón jamás se encuentran en vivir para uno mismo, siguiendo tus propios instintos, aislados de todos y buscando tu propio bienestar. Cuando miramos las escrituras, Jesús, el protagonista de los evangelios, jamás, jamás hace algo por sí mismo y por su propia voluntad. Tampoco depende solo de sí para llevar a cabo su obra, sino que forma una comunidad que lo ayuda a avanzar su reino.
Y lejos de estar velando solo por su bienestar, Él sacrifica su bienestar en compasión de otros que están en necesidad. Y hermanos, no hay nadie más perfecto y con mayor gozo que nuestro Señor Jesús. Por lo tanto, quisiera que veamos en esta tarde nuestro texto, en Lucas capítulo 6, versículo 12, cómo Jesús nos muestra que seguirle se relaciona con tres conceptos claves que aparecen en este texto y que quiero que analicemos. Y para recordarlo fácilmente, son tres palabras, comunión, comunidad y compasión. Comunión, comunidad y compasión. Esa va a ser la estructura de nuestro texto. Leemos en Lucas capítulo 6, versículo 12 al 19, dice así la palabra del Señor.
En esos días Jesús se fue al monte a orar y pasó toda la noche en oración a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y escogió doce de ellos, a los que también dio el nombre de apóstoles. Descendió con ellos y se detuvo en un lugar llano. Había una gran multitud de sus discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían ido para oír a Jesús y para ser sanados de sus enfermedades. Y los que eran atormentados por espíritus inmundos eran curados. Y toda la multitud procuraba tocar a Jesús, porque de él salía un poder que a todos sanaba.
Y vamos a ver entonces nuestro pasaje, versículo 12, la palabra comunión, versículo 13 al 16, comunidad y 17 al 19, compasión. Simplemente para recordar un poco de nuestro contexto de Lucas, los líderes religiosos de Israel son un grupo de fariseos legalistas que no quieren abrazar el mensaje ni la persona de Jesús. Eso es lo que venimos viendo en nuestros últimos sermones. Como anteriormente Jesús había mencionado, los odres viejos no pueden retener que el vino nuevo, porque ambos se perderían. Y cuál es ese vino nuevo, es el mensaje de gracia extravagante para todo aquel que se arrepiente. Lo vimos con el caso de Mateo, con Levi, que se vuelve al Señor, se hace uno de sus discípulos.
Y esto es algo escandaloso para los líderes religiosos de Israel. El mensaje de la gracia es hostil para el legalismo de los fariseos que lideraban la práctica de la religión en Israel. Por lo tanto, ¿es el liderazgo que está en Israel en el tiempo de Jesús, el liderazgo que Jesús necesita para avanzar el mensaje del Evangelio de la gracia de Dios? Muy bien, no, no es ese liderazgo. Ellos no pueden liderar el avance del reino de Dios a través de un mensaje de gracia que aborrece. Jesús debía escoger un nuevo liderazgo espiritual para todos aquellos que habrían de seguirlo. Nuevos odres para un nuevo vino.
Y la manera en que Jesús escoge sus apóstoles nos habla de la comunión que Jesús tenía con el Padre. Y esa es nuestra primera palabra. Luca nos muestra en el Evangelio de Jesús, cómo Jesús pasa mucho tiempo en oración y comunión con Dios Padre, porque nada de lo que hacía Jesús era una casualidad o una improvisación, sino que Jesús da testimonio que Él hace lo que el Padre le pide hacer y que Él dice lo que el Padre le pide decir. Así que nuestro primer punto es comunión, buscando a Dios para tomar decisiones. Versículo 12. En esos días Jesús se fue al monte a orar y pasó toda la noche en oración a Dios.
En el llamado de Jesús, Él nos enseña que es necesario la comunión con Dios. Los montes a lo largo de las Escrituras son lugares de comunión con Dios, un lugar donde Dios se revela de manera especial a los suyos. Lo vemos con Abram en el monte Moriah cuando Dios se revela como su proveedor, con Moisés en el monte Sinaí cuando Dios le revela el decálogo, con Elías en el monte Carmelo cuando Dios desciende con fuego para demostrar que Él era el verdadero Dios. En los evangelios vemos a Jesús frecuentemente apartarse para estar a solas con Dios en oración y un lugar que Jesús frecuentaba era los montes.
Y yo sé que puede sonar muy simple la pregunta que voy a hacer, pero no hay ningún momento, un momento para no refrescar lo simple en la vida cristiana. Nunca nos graduamos del ABC en la vida cristiana. ¿Qué es la oración? ¿Qué es la oración? La oración es hablar con Dios. La oración es alimentar la comunión que ya tenemos con Dios por medio de Jesús. De la misma manera que cuando conocemos a alguien que nos interesa, puedo pensar en los tiempos en que conocí a mi esposa, uno quiere hablar y hablar y hablar con esa persona para conocer más a esa persona, porque nos interesa conocerla, porque queremos saber más cómo es.
La oración, hermanos, no es presentar simplemente la lista de pedidos delante de Dios. La oración debe ser un momento y es un momento donde estamos con Dios de manera especial. Un momento donde estamos presentes con un Dios que está presente y que nos oye. Frecuentemente cometemos el error de hacer oraciones breves. El pastor Miguel Núñez veía en estos días que él habla oraciones que las dirige nuestra propia carne. Oraciones que no están realmente todavía enfocados en orar. El teólogo Donald Carlsos decía, hay que orar hasta que empieces a orar. Porque hay un momento en donde nosotros ya pasamos esa parte de oración mecánica y empezamos realmente a hablar con Dios y abrir nuestro corazón delante de Dios.
Y creo que es importante pensar que en la oración es un momento donde estamos presentes con un Dios que está presente y que nos oye. Un Dios que existe en tres personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu. Y estas personas han existido eternamente en una comunión constante y plena entre sí. Y cuando nosotros oramos, y no sé si alguna vez lo viste de esta manera, pero cuando nosotros oramos somos invitados por el Dios trino a tener una comunión con Él. Fuimos invitados por Dios a poder tener comunión con Él, a poder compartir con Él en su presencia. Fuimos creados para tener comunión con Dios. Y sabemos que por causa del pecado esa comunión fue quebrantada.
Y por lo tanto, para poder disfrutar de esa comunión con Dios, se necesita la reconciliación con Dios que solo viene por medio de su Hijo, de Jesús. Y una vez reconciliados con Dios por medio de la fe en Cristo, podemos orar al Padre con la confianza que un hijo habla con un padre. A mí siempre me asombra la confianza que tienen los hijos con sus padres. Una confianza que nadie se atreve a tener con una persona. Cuando yo estoy en mi casa sentado en la mesa y tengo un vaso de agua y quiero tomar agua, mi hija puede agarrar ese vaso de agua y tomárselo a ella. Es una confianza que nadie tiene conmigo.
Esa es la confianza que somos invitados a presentarnos delante de Dios. Y en muchas ocasiones yo cometo ese pecado de religiosidad mecánica y decirle, Señor, me presento delante de Ti. Tengo que sacar esos chascarrillos, muletillas que a uno le quedan. La realidad es que la confianza que tenemos con Dios por medio de su Hijo es la de un hijo con un padre. No hay asperezas con Dios. No hay deudas con Dios. No hay temas inconclusos con Dios. Fuimos perdonados, aceptados y recibidos completamente por medio de Jesús. Por lo tanto, orar es más que pedir. Es tener una comunión con Dios donde hablamos sinceramente con confianza con Él, donde le oímos hablarnos a través de su palabra.
La oración y la escritura se retroalimentan. Como Keller dice en su libro de la oración, que cuando yo oro, le hablo a Dios y cuando yo leo su palabra, Él me responde. Es una interacción que se retroalimenta, es una conversación a través de la palabra y la oración. Jesús nos muestra que un ser humano perfecto también necesita la oración y la comunión con Dios. Jesús disfruta de su comunión con Dios. Y nosotros necesitamos esa comunión con Dios. Y no solo tener comunión con Dios, sino pasar del deber al deleite y disfrutar de estar en la presencia de Dios como Jesús. Lo que nos quita el gozo de estar en comunión con Dios son esos falsos dioses que siempre compiten en nuestros corazones.
Los pecados que nos entorpecen nuestra comunión con Dios. Alguien dijo que la oración te alejará del pecado o el pecado te alejará de la oración. En nuestro contexto, Jesús está por tomar una decisión sumamente importante, trascendental. Y es la elección de los doce apóstoles, la elección del liderazgo de la iglesia. Va a dar también el sermón más famoso quizás de Jesús, el sermón del monte. Y se prepara para eso, ¿de qué manera? Estando en comunión con el Padre en oración y dependiendo completamente de Él. Hermano, esto nos enseña la necesidad de que, como cristianos, como hijos de Dios, como aquellos que siguen los pasos de Jesús, todas nuestras decisiones deben ser precedidas por la oración.
Y sobre todo, las decisiones que sean más trascendentales e importantes en nuestras vidas. Donde me mudaré, qué trabajo tendré, con quién me casaré, todas esas decisiones trascendentales requieren estar intencionalmente en comunión con Dios. Esto es importante. No, no porque la oración sea una especie de ritual mágico que atraiga la fortuna. O sea, no es que oramos como alguien prende un saumerio para que no pase nada malo. A veces bromeamos cuando pasa algo, bueno, no, no oramos en la merienda. Me parece que no oramos bien en la merienda y... No, no, Dios no es así. La oración no es un ritual mágico que atrae la fortuna.
Muchas veces enseñan la oración así, aunque no se lo usa con esas palabras. La oración no es más, pero tampoco es menos que la comunión entre dos personas. Nosotros y Dios. Una comunión real basada en la fe y en las promesas de Dios. Jesús lo relata de esta manera en Mateo 6, versículo 6 al 8. Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto y tu Padre que ve en secreto te recompensará. Y al orar no uses repeticiones sin sentido como los gentiles, porque ellos se imaginan que serán oídos por su palabrería. Por tanto, no sean como ellos, porque su Padre sabe lo que ustedes necesitan antes de que se lo pida.
Fin de la cita. Ese es el corazón de Dios. Cuando oramos tenemos comunión con Dios. El momento de oración es un momento de comunión con Dios y por lo tanto eso afecta nuestras vidas. Afecta a nuestros corazones. Afecta a nuestros pensamientos. Nos enfoca en las cosas de arriba. Nos lleva a meditar en lo eterno. Nos recuerda el Evangelio y pone nuestro corazón en sintonía con la voluntad de Dios revelada en su palabra. Nos pone en el lugar correcto para tomar decisiones sabiendo que contamos con la ayuda y la guía del Señor. no es algo mágico, hermanos, pero el estar con Dios en comunión y en oración afecta a todo nuestro ser.
Muchas veces luchamos por decisiones y cuando entramos a cerrar la puerta y orar al Señor, pareciera que todas las nubes se disipan y la claridad aparece. Entonces, eso es, y toda esa confusión, el solo hecho de estar presente con Dios, intencionalmente con Dios en oración, nos pone en su sintonía. Jesús ora toda la noche y está listo para elegir lo que va a ser el fundamento de la nueva comunidad que nace con el Evangelio, la Iglesia. Y eso nos lleva a nuestro segundo punto, versículo 13 al 16, comunidad, palabra clave, comprometiéndonos con la familia de Dios. Jesús llamó a los discípulos que hasta el momento había acumulado en su ministerio para escoger de entre ellos los que formarían el nuevo fundamento de la Iglesia.
Fueron llamados y escogidos por Jesús, palabras claves en nuestro texto. Fueron llamó y escogió y nombró. Algo que reluce es que ellos no se ganaron el puesto. No buscaban el puesto porque ni siquiera sabían que existía tal cosa como apóstoles. Ellos fueron llamados y escogidos por la soberana gracia de Dios. Es Jesús quien está en comunión con el Padre y luego al llamar a sus discípulos escoge a sus apóstoles. El texto no nos da otra interacción. Hay una entrevista previa en ese momento. La gracia de Dios, la elección soberana de Dios. Jesús no decidió usar los odres viejos, sino poner odres nuevos, distintos los unos de los otros, distinto a lo que era respetado como un liderazgo espiritual en Israel.
Ninguno de estos hombres era miembro del Sanedrín. Ninguno de estos hombres era el liderazgo espiritual de Israel. Los apóstoles eran personas comunes y corrientes, algunos pescadores como Pedro, Andrés, Juan, Jacobo, cobradores de impuestos y odiados como Mateo, revolucionarios como el celote, incrédulos como Tomás y hasta un traidor como Judas. Ninguno era un destacado líder espiritual, ni rabino ni fariseo. Eran personas comunes entre los que habían empezado a seguir a Jesús. Lo más importante de los apóstoles no es quiénes son ellos, sino quién los ha llamado a servir. Y esto es un gran recordatorio para nosotros.
No importa quién seamos, el Señor nos ha llamado y elegido para servirle. Y eso es lo que nos capacita para hacerlo. No nuestras propias habilidades, no nuestras propias capacidades o talentos. Es el llamado soberano de Dios y su espíritu que nos capacitan y empoderan para lo que Él nos ha llamado a hacer. Es Dios el que nos llama y nos capacita para su obra. No hay excusas. No hay excusas. Estos hombres eran muy diferentes los unos de los otros. De tal manera que es muy plausible decir que jamás estarían juntos por voluntad propia. Y seguramente habrían sacado chispas a lo largo de todo ese tiempo con el Señor.
Nunca un recaudador de impuestos formaría un grupo con aquellos a los que les cobraba. La comunidad de la iglesia es un gran recordatorio de que somos una comunidad en el Evangelio. Nos une el llamado y la elección de Dios a todos nosotros. No nos unen nuestros oficios, no nos unen nuestra profesión, no nos unen nuestra nacionalidad, no nos unen nuestros gustos musicales, no nos unen nuestros partidos políticos, no nos unen nuestras preferencias en comidas o en cualquier otro ámbito. Lo que nos une es Cristo y su soberana elección. Fuimos llamados hacia Él por medio del Evangelio para formar parte del cuerpo de Cristo, la comunidad de la gracia en la cual se vive bajo el gobierno de la palabra de Dios.
Estos 12 hombres eran un nuevo liderazgo para una nueva comunidad que Jesús estaba fundando en su iglesia. El liderazgo religioso de Israel rechazó su mensaje y su misión. Y el Mesías formaría una nueva comunidad con un nuevo liderazgo que eran los apóstoles. La palabra apóstol significa uno que es enviado. Jesús está llamando a un grupo de 12 hombres y enviándolos a ser sus líderes en esta nueva comunidad y en la misión de anunciar el Evangelio al mundo. Vemos que la autoridad delegada de Jesús no se concentró en un solo hombre como si fuera el papado católico, sino que fueron 12 hombres comisionados por Jesús para la tarea del apostolado, de ser testigos de su ministerio y resurrección al mundo.
Para ser un apóstol de Jesús era necesario ser llamado y elegido por Él, haber sido testigo de su resurrección y haber estado con Él desde el inicio de su ministerio. Cuando nosotros encontramos al final de los evangelios que Judas se suicida, en el libro de Hechos se nos dice que entendieron que era necesario reemplazarlo. Y surgió Matías como uno de los doce. Pero cuando Jacobo, el apóstol, muere en el libro de Hechos, el hermano de Juan, ya no se busca un reemplazo para Él. Ni tampoco se levantan, ni vemos nuevos autoproclamados apóstoles de Jesús. El único apóstol nacido fuera de tiempo, es decir, que fue llamado fuera del llamado inicial de los apóstoles, es Pablo.
Pablo es comisionado por el mismísimo Señor Jesús, resucitado en camino a Damasco, para ser una clase de apóstol especial destinado a los gentiles y no a los judíos. Los apóstoles, según la tradición, murieron todos martirizados, salvo Juan, que murió anciano confinado en la isla de Padnos. Pero todos ellos experimentaron la persecución por ser testigos de Jesús. Los apóstoles eran el fundamento de la iglesia de Cristo. Lo leímos hoy en Efesios 2. Nos dice la Escritura que así pues, ustedes ya no son extranjeros, sino que son conciudadanos de los santos, familia de Dios, y están edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular en quien todo el edificio va creciendo para ser un templo santo en el Señor.
Cuando uno edifica un edificio, valga la redundancia, uno no pone varios fundamentos, sino uno. La Escritura es muy clara que ya no existen apóstoles posteriores a la muerte de Juan, el apóstol. Ninguno de los discípulos de los apóstoles se autoproclamaron apóstoles. Entendieron que era un llamado único y limitado, un grupo exclusivo de hombres llamados por gracia y capacitados por Dios para el inicio de la iglesia. Por lo tanto, todo aquel que se proclama en nuestros días como apóstol entra en dos categorías. En la peor de ellas es un falso maestro y en la mejor de ellas es un pastor que aún ignora las Escrituras y no sabe lo que está haciendo.
Pero debemos entender la exclusividad bíblica del llamado apostólico. Estos doce apóstoles son el fundamento de la comunidad cristiana. Nosotros somos piedras vivas del templo de Dios donde Él mora. Somos miembros del cuerpo de Cristo, miembros de la familia de Dios. Y esto es sumamente importante. Jesús vino a fundar una comunidad de gracia. No existe el cristianismo aislado de la iglesia, individualista. Para ser cristiano bíblicamente se necesita formar y estar comprometido con una comunidad de cristianos. Los apóstoles fueron fieles y comprometidos con la iglesia de tal manera que murieron al servicio de Dios y al servicio de las iglesias que fueron plantando.
Nosotros como cristianos debemos asumir un compromiso serio y real con una comunidad de creyentes local, con una iglesia local donde vivimos nuestra fe y trabajamos juntos en el avance del reino de Dios, de la misión de Dios. Somos llamados a trabajar unidos en comunidad para avanzar la misión de Dios de salvar a su pueblo por medio de la proclamación fiel del Evangelio. Lo que me lleva una pregunta. ¿Cómo es nuestro compromiso con la comunidad de creyentes a la que pertenecemos? Estamos poniendo nuestras vidas para trabajar juntos en la misión de Dios. ¿Qué pasos prácticos puedes tomar para reflejar en tu vida lo que Dios nos ha llamado a vivir como miembros del cuerpo de Cristo?
Nuestra liviandad con la iglesia local muestra una liviandad con el llamado de Dios a nuestras vidas. No podemos decir que amamos a Dios que no vemos, si no estamos comprometidos a amar a los que sí vemos, como nos dice Primera de Juan. No nos unen preferencias terrenales, nos une la sangre de Cristo y debemos vivir unidos y trabajando juntos por el Evangelio. Pero tampoco Jesús fundó una secta de unos pocos miembros. No se hizo su propio grupo de doce y nada más, sino que en su mente y en su corazón el Evangelio tiene un alcance global. Su amor y su compasión es hacia todas las naciones. Y es algo que vemos en nuestro último punto en este texto, compasión, siendo instrumentos del Redentor.
Fíjense, dice el versículo 17, Descendió con ellos, se detuvo en un lugar llano y había una gran multitud de sus discípulos y una gran muchedumbre del pueblo de Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón. No solo eran discípulos, sino que había personas de todos lados que habían venido hacia Jesús. El texto nos dice que había de toda Judea, que era la provincia romana donde estaba Jerusalén. Es decir, había judíos. Pero también había gente de la región costera de Tiro y Sidón que eran gentiles. Jesús, lo que actualmente es el Líbano. Eran fenicios, eran paganos, pero habían venido también a oír las palabras de Jesús y a ser sanados.
El ministerio de Jesús no era solo a judíos, sino que en Jesús se cumpliría la promesa de Dios a Abraham en Génesis 22, 18. Dios siempre tuvo en su plan la bendición de todas las familias de la tierra. Mientras los fariseos legalistas rechazaban la idea de perdonar a un judío que era cobrador de impuestos. El evangelio iba mucho más allá de los prejuicios religiosos o raciales. Todos aquellos que vinieron a él desde Judea, judíos, pero también de Tiro y Sidón, gentiles, fueron tratados por Jesús con la misma compasión y la misma gracia de parte del Hijo de Dios. Todos fueron sanados, los enfermos, los endemoniados, liberados, todos procuraban tocar a Jesús porque de él salía poder que los sanaba.
Todos fueron sanos. Eso nos muestra el amor y la compasión de Dios por las multitudes en necesidad. El evangelio vino para ser la buena noticia a toda lengua, tribu y nación. Los apóstoles serían enviados a todas las naciones. Lo vemos en el libro de Hechos, capítulo 2. Cuando llega el poder de lo alto, entonces Dios le dice, vayan a todo el mundo a anunciar el evangelio. Es interesante el movimiento que vemos en este texto. En este texto lo que vemos es un movimiento centrípeto. Está un movimiento centrífugo que expulsa hacia afuera y el otro movimiento que atrae hacia adentro. En este texto los judíos y los gentiles vienen donde está Jesús y los apóstoles porque hay poder de Dios para su bienestar.
Pero en la gran comisión es movimientos al revés. Jesús envía a sus apóstoles a todo el mundo por el poder del Espíritu Santo a ser testigos del mensaje del evangelio. La compasión de Dios es hacia todos los puntos cardinales del mundo. Esto es un recordatorio para nosotros sobre la compasión que debemos imitar de Jesús. Todos a nuestro alrededor, hermanos, son necesitados del evangelio. Todas las personas alrededor nuestro necesitan un redentor y nosotros somos instrumentos del redentor para darlo a conocer a las multitudes. Tenemos su espíritu morando nosotros que nos da poder para ser testigos del evangelio.
Eso es lo que Dios nos ha llamado en su llamamiento y en su elección divina por su gracia soberana. Dios nos llamó para servirle para anunciar el evangelio y a través de anunciar el evangelio Dios está llamando a los que faltan entrar a su reino a través de esa predicación fiel. Por lo tanto, hermanos, no nos preocupemos por los resultados de nuestra predicación. De eso se encarga Dios. Ocupémonos en ser fieles testigos anunciando un Jesús compasivo que quiere salvar a todo aquel que se acerca a él en arrepentimiento por su pecado y en fe en su persona y su sacrificio. No importa la nación, no importa el sector social, educativo, lo que sea, no importa.
Todos necesitan conocer de un redentor. Todos necesitan la salvación que hay en Jesús. Para ir finalizando, solo Jesús puede hacernos parte de una verdadera comunión con Dios. Porque Él llevó el castigo de nuestros pecados en la cruz y Él nos reconcilió con el Padre. Solo Jesús puede hacernos parte de una verdadera comunidad porque Él fue dejado solo en la cruz para que nunca nosotros estemos solos. Solo Jesús puede movernos a verdadera compasión por los perdidos porque Él tuvo compasión de nosotros cuando estábamos lejos y éramos enemigos suyos. Solo Jesús puede darnos lo que necesitamos para seguir, por lo tanto, lo que más necesitamos es a Jesús y alimentar nuestra comunión con Él.
Quizás estás en esta tarde y no conoces a Jesús y es una perfecta ocasión para que te acerques a Él por la fe, reconociendo que eres un pecador alejado de Dios, que mereces el castigo por tu pecado, pero reconociendo también que Dios ofrece perdón en su Hijo para todo aquel que se arrepiente y cree. Ahora mismo puedes venir a Jesús arrepentido por tus pecados y confiando en su sacrificio a tu favor. Y si estás en Cristo, hermano y hermana, es un momento de recordar quiénes éramos y cómo Jesús nos llamó y escogió por su gracia para que tengamos comunión con Él, para que vivamos en la comunidad de los santos y para que mostremos su compasión al mundo que aún está en tinieblas.
Y podamos anunciar a aquel que es la luz del mundo. Debemos vencer el engaño de nuestra cultura y vivir conforme al diseño de Dios, en comunión, en comunidad y en compasión. Sigamos entonces el llamado de Jesús. Ordenos.
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Lucas
Enrique Oriolo es misionero de SERVE (Denton Bible Church) y pastor fundador de la Iglesia Bíblica de la Gracia. Dedicado al entrenamiento de líderes y plantadores, su pasión es la capacitación teológica para el establecimiento de iglesias bíblicas. Está casado con Tamara y son padres de Luz, Paz, Sarah y Sophie.